Cantos de sirena (Ruta de piratas y corsarios)

Compartimos el relato de Gau Sendoa inspirado en la ruta de Palma en temps de pirates i corsaris realizada en Jane’s Walk

El capitán Pere Flexes daba vueltas en su lecho sin poder pegar ojo como cada noche desde hacía ya dos años, como un adicto alejado de su droga. Era un remolino en su propia cama.

Ya se lo dijo el primer capitán que tuvo en aquel lejano primer navío en que se enroló al llegar a Mallorca: “El mar se te mete dentro, muchacho, se te mezcla con la sangre de las venas y esa sed nunca se aplaca. Podrás sacar al hombre de la mar, pero jamás al mar del hombre”.

Todos estos y más recuerdos le acosaban cada noche, intentando saltar los muros de su cordura. Escuchaba también los cantos de las sirenas que decoraban el exterior de su casa.

Arrancadas del armazón de proa de su último barco capitaneado, las había colocado como puntales entre la pared exterior y el tejado, del palacete que había comprado en la zona noble de Palma de Mallorca.

Pero aquellas compañeras de sangrientos saqueos y batallas navales que habían de ser un recordatorio a los viandantes de sus orgullosas victorias, eran cada vez que el sol se ocultaba, sus venenosas enemigas, susurrándole cada noche que su lugar era el mar.

Su opulento hogar parecía en esos momentos una oscura cárcel.

El capitán Pere Flexes siempre fantaseó con cabalgar las olas en imponentes goletas. Desde niño soñó con descubrir tierras lejanas, exóticas y peligrosas islas rodeadas de agua poblaron sus vigilias.

Esos sueños le llevaron a abandonar su Tarragona natal cuando su vello facial aún no había sido visto por su cara. Su primera parada (y a la larga, última) fueron las islas Baleares.

Nunca olvidaría su llegada al puerto de Palma, en la isla de Mallorca. Jamás vivió antes tal trasiego de gente, el olor a mar, oro y aventuras le llego hasta los pulmones.

Pronto se enroló en un barco fletado por un rico mercader. Conoció aquellas tierras que habitaban sus sueños. O quizá no tan lejanas ni exóticas, pero sí vivió aventuras, todas basadas en el oro. Eran piratas, y como tales los saqueos eran habituales cuando llegaban a esas tierras.

El joven Pere Flexes resultó ser un hábil y carismático marinero y con los años y la experiencia llegó a capitán, siempre acompañado por los éxitos, que le hicieron convertirse en corsario para la corona. Como capitán obtuvo la patente de corso que le investía de legitimidad.

Sus métodos seguían siendo igual de bárbaros, pero por un porcentaje de lo obtenido en los barcos enemigos y expediciones varias eran ahora los defensores de las islas.

Con los éxitos llegaron el respeto y las riquezas. Su nombre era conocido en toda la isla. Se le trataba como a un noble.

Llegaron las hijas, a las que quiso con locura y fueron la verdadera causa de que se retirase de la peligrosa vida del mar, más que los insistentes ruegos de su esposa.

Pensó en pasar tiempo con su familia, sin arriesgar su vida ni sufrir los sacrificios de la vida marinera.

Y así era, durante las horas de luz, pero al llegar la noche, los recuerdos de una vida que echaba de menos como un banquete durante una hambruna, la añoranza de su otrora ser le invadía por completo.

Los femeninos cantos de las sirenas le llenaban todo el silencio de su alcoba. Parecían dolorosos miembros amputados del cuerpo que era su barco.

Aquella noche, como tantas otras, antes descendió las escalera con el candil. En el patio central activó la oculta puerta secreta que escondía un túnel que conducía hasta el puerto.

Cuando compró el palacete encargó su construcción como método de huida para él y su familia en caso de ataque enemigo a la ciudad. Sin embargo, su uso actual era el de huir de su propia familia.

La luna no era llena cuando llegó al puerto, pero se reflejaban en el mar iluminando las olas cuyos sonidos sustituían ahora los cantos de las malditas sirenas.

Él nunca quiso ser ni pirata ni corsario, sólo vivir aventuras. Ahora sabía que el mar le llamaría a través de las sirenas para una última aventura. Sería llamado hasta que muriera plácidamente en su lecho.

Hay quien dice que las inertes sirenas talladas en madera llaman a todo aquel de espíritu aventurero que pasa cerca.

No sé yo si soy muy aventurero, pero la semana pasada, cuando participaba en la III edición del “Jane´s walk” y disfrutaba de la ruta sobre corsarios y piratas realizada por Iván Cerdá y nos paramos frente a can Capitán Flexes, juraría que una de ellas me guiñó un ojo.

Gau Sendoa

Consolat Pirata

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